Junio 2014

PARA APRENDER....

HISTORIA DEL MARTILLO

 

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así, pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo.

Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizas la prisa no era más que un pretexto. Ese hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo.

Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso:

- ¡Quédese usted con su martillo, so penco!-

                                                                                                                           Paul Watzlavick

 

PARA REFLEXIONAR...

EL LEÓN

 

En una ocasión se aproximó hasta un lago de aguas espejadas para calmar su sed y, al acercarse a las mismas, vio su rostro reflejado en ellas y pensó:

- ¡Vaya!, este lago debe ser de este león. Tengo que tener mucho cuidado con él.

- Atemorizado se retiró de las aguas, pero tenía tanta sed que regresó a las mismas.

Allí estaba otra vez el “león”. ¿Qué hacer?. La sed lo devoraba y no había otro lago cercano. Retrocedió. Unos minutos después volvió a intentarlo y, al ver al “león”, abrió las fauces amenazadoramente, pero al comprobar que el otro “león” hacia lo mismo, sintió terror. Salió corriendo, pero ¡era tanta la sed!. Lo intentó varias veces de nuevo, pero siempre huía espantado. Pero como la sed era cada vez más intensa, tomó finalmente la decisión de beber agua del lago sucediera lo que sucediese. Así lo hizo. Y al meter la cabeza en las aguas, ¡el “león” desapareció!

Muchos de nuestros temores son imaginarios. Sólo cuando los enfrentamos, desaparecen. No dejes que tu imaginación descontrolada usurpe el lugar de la realidad ni te pierdas en las creaciones y reflejos de tu propia mente.

                                                                                                                               Autor desconocido